Jugar con la tabla ouija es de por sí una mala idea, pero jugarla en un panteón y de noche, creo que esa es una de las peores ideas que puede haber. No sé por que la gente se empecina en hacerlo, lo cierto es que esta tabla sí tiene la capacidad de abrir portales hacia el mundo de los muertos, o incluso de trazar una línea directa con el mismísimo infierno.
Y sin embargo una noche de octubre ahí estábamos, a las tres de la madrugada aproximadamente, con unos amigos de los que no sabría decirles si podría confiar, ya que en esa noche fue precisamente cuando los conocí, y la verdad no me habría acercado de no sentir que eran buenas personas, además ellos me llamaron ya que faltaba uno más para poder jugar con la tabla ouija, ya saben, esa regla que dice que no deben jugar un número par de jugadores, pero a partir de que me llamaron seríamos cinco y no cuatro.
La primera que puso sus manos en el señalador de la tabla, fue Mariana, y al parecer la tabla se sintió en conexión con ella, ya que se movió de inmediato para responder sus preguntas.
-¿Eres un espíritu?....-
-Si-
contestó la tabla, la verdad esa era una pregunta muy tonta, pero era un buen comienzo, una vez más el portal entre el mundo de los vivos y el de los muertos se había abierto. Los minutos pasaban y a cada instante el aire se llenaba más y mas de energías, muchos espíritus fueron llamados, pero al ser yo quien tenía mas experiencia con la tabla, me encargué de que mis nuevos amigos no fueran a invocar a algún demonio. Carlos le preguntó a la tabla si se casaría con Mónica, a lo que la respuesta fue sí, mientras que Ana le preguntó si su ex novio ya tenía pareja de nuevo.
La verdad me entusiasmé, esa era una noche como pocas, oscuridad total, apenas rota de vez en cuando por la luz de la luna que a veces las nubes permitía salir, pero casi en todo momento la cubrían, el ulular lastimero típico de los árboles que moran en el cementerio, el aullido de los perros, que realmente son quienes presienten la presencia no solo de los espíritus y ánimas, si no de la muerte misma, el croar de las ranas y el olor del incienso y las velas negras que llevaron mis amigos esa noche, con el fin de completar el ritual. Así que sin darme cuenta hice lo que no debí hacer: tomé el señalador de la ouija y comenzó a moverse entre mis manos... de pronto vi, como en los rostros de todos se esfumaba la sonrisa y Mónica, un poco intrigada comenzó a preguntar:
-¿Eres un espíritu?...-
-No-
-¿Eres un demonio?....-
-Si-
-¿lle... llevas mucho tiempo aquí?..-
-2-
-¿Dos días?....-
-No-
-¿Dos?... ¿dos horas?...-
-Si-
En ese momento todos se quedaron en silencio... hasta que finalmente Mónica se alteró demasiado...
-¡Hay que irnos!... esto ya no es normal...-
Y en ese momento todo quedó claro para mí, no debí responderles, ya que aunque estuve ahí desde que ellos me llamaron usando la ouija, yo era invisible, y ellos hasta ese momento no se habían dado cuenta de que de vez en vez, era yo quien respondía una que otra pregunta, pero el haber movido el cursor, siendo invisible al ojo humano, hizo que pareciera que se movía solo, sin que nadie lo tocara. Naturalmente ellos salieron corriendo y no pararon de correr hasta que llegaron a su auto, los vi subir y salir del panteón, yo me quedé recargado en una tumba... Que mal que no quisieron ser mis amigos ya que ahora tendré que reclamar sus almas, pues me dejaron vagando en el mundo de los vivos, y tan solo por que olvidaron que no deben salir corriendo si se asustan, y sobre todo siempre deben decir adios con el señalador de la ouija, si no el portal se queda abierto... la verdad fue divertido jugar con ellos... pero tentaron fuerzas que no conocen, y ahora me tendrán a mí un largo tiempo, tratando de ganar sus almas.
FIN
Christian Perales
El Comisario del terror
Derechos reservados
Julio 2020

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